martes, 26 de febrero de 2013

“No sean como los fariseos, que no hacen lo que dicen”



“No sean como los fariseos, que no hacen lo que dicen” (Mt 23, 1-12). Jesús advierte acerca de los fariseos, que “no hacen lo que dicen”. Sin embargo, luego de la advertencia, Jesús no dice qué es lo que los fariseos “dicen” pero “no hacen”, sino que denuncia lo que “hacen”, como ejemplo de lo que sus discípulos no deben hacer.
            ¿Qué es lo que los fariseos “hacen” y “no deberían hacer”? Lo dice el mismo Jesús: “atan pesadas cargas a los demás, mientras que ellos no quieren llevarlas ni con un dedo”, y esto porque imponían a los demás las prescripciones farisaicas, que no eran sino “tradiciones humanas”, como se los reprocha Jesús. Si bien pretendían santificar todos los aspectos de la vida, aún los más nimios y banales -para lo cual los fariseos habían elaborado una serie de “reglas de pureza”[1]-, la enorme cantidad de prescripciones hacía imposible su práctica, pero el problema principal radicaba en aquello que Jesús les reprocha: la observancia de las prescripciones farisaicas contradecían el espíritu de la Ley mosaica, que mandaba el amor a Dios y también al prójimo. Por ejemplo, justificaban el no prestar asistencia a los padres, si el dinero con el cual podían asistirlos se ofrendaba al templo; otra falta al amor de Dios y al prójimo se da cuando se enojan con Jesús cuando cura la mano al paralítico en sábado, ya que según ellos, no podía hacerse ningún trabajo manual ese día.
         Con estas prescripciones humanas los fariseos ocultan la verdadera Ley de Dios, la Ley de Moisés, que prescribía la caridad ya desde el primer Mandamiento; lo que hacen los fariseos entonces es detenerse en la observancia y cumplimiento de lo superficial y accesorio, olvidando la esencia de la religión, la caridad.
         Otras cosas que los fariseos “hacen” para que los “vean”, es agrandar las filacterias, ocupar los primeros asientos de las sinagogas, además de buscar ser saludados y reconocidos públicamente, y ser llamados “maestros”, todo lo cual es opuesto al espíritu de humildad, tanto de la Ley mosaica como de la Ley Nueva de la caridad de Cristo Jesús.
Jesús se enfrenta con los fariseos porque el fariseísmo es a la religión lo que el cáncer al cuerpo: así como las células cancerígenas se comportan de un modo maligno y dañino y terminan por destruir el cuerpo que las engendró, así el fariseísmo, maligno y dañino en sí mismo, termina destruyendo la religión, al mostrar una imagen falsa de la religión, de Dios y de la Iglesia.
“No sean como los fariseos, que no hacen lo que dicen”. La advertencia de Jesús nos cabe a nosotros, porque también podemos ser fariseos; también nosotros podemos “decir” pero “no hacer”, y somos fariseos cada vez que no somos santos por negligencia, por no dejar crecer la gracia al endurecer el corazón hacia el prójimo, por hacer oídos sordos al Llamado del Dios del Amor, que desde la Cruz nos dice: “Ama a tus enemigos; perdona setenta veces siete; no juzgues; no condenes; obra la misericordia”.
Somos fariseos cada vez que negligentemente damos vuelta el rostro al prójimo que sufre; somos fariseos cada vez que nos decimos “cristianos”, seguidores de Cristo, el Dios del Amor, pero nos comportamos como seguidores del Ángel caído.
Por esto motivo, Jesús nos advierte: “No sean fariseos, que dicen ser cristianos pero hacen obras de demonios. Hagan lo que Yo les digo desde la Cruz: vivan, de palabra y de obra, el mandamiento más importante de todos: amar a Dios y al prójimo como a uno mismo”.
        



[1] La legislación farisaica comprendía reglas de pureza para casi todos los aspectos de la vida cotidiana, y es así que poseían reglas para alimentos, vasijas para líquidos y alimentos, para cadáveres y tumbas, para el culto del templo, para el diezmo, tributos y derechos sacerdotales, y habían legislado también acerca de la observancia del sábado, las fiestas, el matrimonio y el divorcio.

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